CRÍTIQUES

VALORACIÓ
7
Delitos y faltas de una adaptación
Publicat el: 27 de febrer de 2022
CRÍTiCA: Crim i càstig
Crimen y castigo es un monumento literario por al menos tres razones. Primero, porque anticipa la perversa tesis de Nietzsche sobre el superhombre: que habría individuos supuestamente superiores, capaces de burlar la ley, imponer su voluntad y justificar intelectualmente la eliminación de los presuntamente inferiores. Segundo, porque es la cima (o el abismo) del relato psicológico, capaz de sacarse un mundo de la manga de un estado de ánimo, de confundir las calles de San Petersburgo con los devaneos febriles de un maníaco depresivo. Y tercero, porque es una novela polifónica, como la llama la crítica literaria desde Mijaíl Bajtín, una historia que transcurre por un abanico de conciencias que levantan un mundo de una complejidad irreductible. Es cierto que Crimen y castigo puede leerse, más sencillamente, como una novela policiaca o incluso como un melodrama redentor. Pero la combinación de su tesis supremacista (finalmente refutada), su torbellino psicológico y su coro de psicologías llevan la historia más allá de la anécdota delictiva y de las subtramas familiares, componiendo lo que hoy consideramos un clásico.
Pau Carrió ha hecho una adaptación exhaustiva del clásico de Dostoievski. Rozando las cuatro horas de función, este Crim i càstig se entretiene en los rifirrafes de Raskólnikov con su madre y con su hermana Dunia, con los pretendientes de ésta, con los borrachos de las tabernas de San Petersburgo, ofreciendo un gran fresco de humillados y ofendidos. También es fiel a los debates intelectuales del protagonista con la inspectora que lo investiga y le disputa la interpretación del bien y del mal, en lo que acaso sean los mejores pasajes de la función. Sin embargo, el Crim i càstig de Carrió tiene dificultades para crear una atmósfera convincente, la perpetua noche blanca de Raskólnikov, su espontaneidad delirante y autodestructiva. Las transiciones de una escena a otra tienen algo de trámite apresurado por captar los mil y un detalles del argumento. Los momentos clave están resueltos con dudosa inventiva visual: el volcado de un cubo para el derramamiento de sangre de la usurera, un surtidor colorado brotando extemporáneamente del suelo durante la confesión de Raskólnikov. Tampoco se entiende la enorme burbuja de plástico que llena la escena, hinchándose y deshinchándose a capricho, dificultando el paso a los intérpretes, con cierta sensación de gratuidad. O la gigantesca luna de sangre que asciende y desciende sin motivo aparente. O el propio cambio de disposición de la Sala Puigserver, sin mayor ganancia respecto a su disposición habitual. Sí que están, en cambio, todos los pormenores argumentales de la novela, en lo que parece la preocupación mayor de Carrió. Pero esa exhaustividad acaba jugando en su contra, poniendo en primer plano el esqueleto policial y melodramático de la pieza, una osamenta que se va descarnando a lo largo de cuatro espesas horas de función.
El reparto es de altura, pero resulta a veces fuera de tono. El sarcasmo amargo de Dostoievski se trueca en una dicción risueña, con momentos paródicos y algún gesto clown. Pol López abunda en una actitud autoirónica, extrañada ante su personaje, componiendo un Raskólnikov histriónico y a veces bufonesco. La inspectora Porfiri de Míriam Iscla le da la réplica con un tono también humorístico, dispersando la tensión dramática del tira y afloja intelectual entre el perseguidor y el perseguido. El resto del elenco está más acertado, con un expansivo Albert Prat interpretando al impulsivo Razumijin, amigo íntimo de Raskólnikov, con unas abnegadas Sonia (María Rodríguez), Dunia (Carlota Olcina) y Puljeria (Francesca Piñón), el universo femenino que arropa a Raskólnikov, y unos sólidos Óscar Rabadán (Marmeládov, Svidrigáilov) y Marc Rodríguez (Zamétov, Lujin), que emergen como la variopinta fauna social de San Petersburgo. Joan Solé, en funciones de DJ, pincha una música electrónica con apuntes interesantes para la atmósfera de la pieza, pero que se acaba quedando en un desvaído paisaje sonoro.
El Crim i càstig de Carrió asegura lo secundario pero titubea en lo principal. Traduce escénicamente la amplia y compleja trama y la galería de personajes de la novela de Dostoievski, en un monumental esfuerzo adaptador. Pero no logra inventarle una atmósfera poderosa, ni guarda un espacio para su complejidad polifónica, que iba más allá del torrencial monólogo interno de Raskólnikov. Son muchas las adaptaciones que se han hecho de la novela de Dostoievski, desde las más exhaustivas (las tres horas y media de Lev Kulidzhánov en los sesenta) hasta las más sintéticas (los noventa minutos escasos de Josef von Sternberg en los años treinta). No se trataba, por lo tanto, de contar al detalle una trama contada infinidad de veces e inexpugnable en su complejidad novelesca. Se trataba de recrear o inventar de cero aquello que trasciende la trama, lo que la lleva más allá de la anécdota policial y sentimental. Y eso es lo que se echa de menos en la versión de Carrió.
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