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3
Marina, corta y pega
Publicat el: 1 de febrer de 2026
CRÍTiCA: Balkan Erotic Epic
Hemos podido ver la vagina humeante de Angélica Liddell abierta al universo y las gónadas bamboleantes de Carles Santos. Hemos visto fornicio sin filtro en espectáculos de Roger Bernat y El conde de Torrefiel, incluso un bogavante cocido vivo con Rodrigo García. En ninguno de estos momentos fijados en la retina se consideró secuestrar un terminal móvil. Quizá porqué aún no existían, pesaban un kilo o el umbral del escándalo estaba muy por encima de la esnobería pacata e impostada.
Con el aparato sellado, el público rebosa el aforo del Gran Teatre del Liceu. El mismo noble escenario en el que Marina Abramović despachó en 2023 Seven Deaths of Maria Callas, otra buena ración de su iconofago teatro pijo. Aquí estamos, entre otras dos mil personas, dispuestos a impregnarnos durante casi tres horas de antropología balcánica en una introducción y diez cuadros. Entra la banda por el pasillo central, encabezada por una versión soviética de Aurora Rodríguez Carballeira. Lleva un ramo de rosas rojas que deposita ante un uniforme y la foto enmarcada del mariscal Tito. La actriz interpreta a la madre de Abramović. Inicio del lamento fúnebre: una cantante entronizada estira el tiempo mientras en la recurrente pantalla de hiper-ultra-alta resolución se extiende un muro de plañideras -el rostro empañolado de Marina entre ellas- como una pieza de videoarte ochentero.
A partir de este cuadro, Balcan Erotic Epic es una sucesión morosa de pastiches artísticos. Remedos de referentes, como el responsable de coreografiar las luchas a pluma y espada de Puy de Fou, u otros maestros, como Bob Wilson, Roberto Castellucci o Pina Bausch (los tres apilados en el capítulo “Boda Negra”), o también la versión más balcánica de La Veronal mientras en un can-can sin bragas las performers retan a los dioses de la lluvia con sus vulvas en pose torera. Podemos luego trasladarnos a la versión Goran Bregovic del II acto de La Bohème. Solo hay que cambiar a Musetta por un contratenor. Un poco de homoerotismo, un poco de Cyd Charisse y Ninotchka y a por el siguiente cromo. Puede salir Tunick en blanco y negro y el Gustave Moreau más azulado entre lápidas de cartón piedra. Que no falte el inevitable Eros y Tanatos. También escenas de sainete documental con una científica flamenca repasando rituales de fertilidad ancestrales. Intermedios erótico-festivos para el mejor humor accidental: pedir dos voluntarios para tocarles los testículos y que se llamen Jesús y Pedro. También hay paisajes fálicos lisérgicos -como una viñeta de David el Gnomo para adultos- y antruejos castellanos que en Serbia llaman kukeri. Mientras hacen sonar sus cencerros y cae la falsa nieve, entran los de coros y danzas vestiditos de blanco.
Todo esto sobre el papel tiene su enjundia y su objetivo psico-artístico. Marina Abramović y el duelo de un arraigo quebrado en un mapa mental que ya no existe: Yugoslavia. Pero cuando se levanta la vista del programa de mano, la inanidad se apodera de la teoría. Allí en el escenario sólo hay grandilocuencia estéril. Belleza manida, hueca, vulgar en su fácil apropiación. Cómo se echa de menos el recuerdo de aquella performer que con sólo poner su cuerpo -como ahora hace Carolina Bianchi- electrizaba consciencias.
Cuando se levanta la vista del programa de mano, la inanidad se apodera de la teoría. Allí en el escenario sólo hay grandilocuencia estéril. Belleza manida, hueca, vulgar en su fácil apropiación. Cómo se echa de menos el recuerdo de aquella performer que con sólo poner su cuerpo -como ahora hace Carolina Bianchi- electrizaba consciencias.
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