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Impactante conjuro atávico a Eros, Tánatos y la madre reprimida
Publicat el: 28 de gener de 2026
CRÍTiCA: Balkan Erotic Epic
Torbellino de emociones en una velada impactante en el Liceu de la mano de Marina Abramovic, máxima sacerdotisa de la performance. La artista serbia conjuró sobre el escenario a Eros y a Tánatos en una sucesión de rituales atávicos de los Balcanes; escenas en las que la desnudez, como ella pretende, se erige en poderosa arma artística. No engaña con el título y el erotismo y la sexualidad dominan una propuesta con 34 artistas que provoca sorpresa, misterio, perturbación, extrañeza, dolor, diversión… El coliseo barcelonés se apunta otro gran éxito (tras el reciente debut de Lise Davidsen) con el estreno mundial de la versión teatral del más ambicioso proyecto de la creadora, que se vio de forma itinerante y una hora más larga en Manchester. Una experiencia de arte total (música, danza, teatro, performance, multimedia) que cautiva rescatando a lo largo de unos 180 minutos ritos ancestrales de la cultura eslava sobre la fertilidad (de los cuerpos y de la tierra), la muerte y el deseo.
Abramovic escarba en sus raíces y empieza dedicándole la primera escena al funeral del mariscal Tito, cuya muerte en 1980 significó el principio del fin de Yugoslavia. Una banda de músicos avanza por el pasillo central de la platea con solemnidad militar mientras sobre el escenario, alzada sobre un espectacular vestido, la cantante Svetlana Spajic sobrecoge con sus lamentos. A ello se suma el quejido conmovedor de las plañideras en un montaje de vídeo en el que aparecen repetidas decenas de mujeres de negro golpeándose los pechos. Escoltando el retrato del finado aparece una mujer uniformada (la actriz Maria Stamenkovic Herranz). Representa a la madre de Abramovic, comunista reprimida y castradora, a la que veremos en inquietante actitud fisgoneando por todas las escenas sin perder la firmeza. Hasta que en la espléndida secuencia en una taberna (kafana) la vemos desmelenarse, bailar sobre una mesa y sucumbir a la libido, mientras albaneses y serbios, enemigos históricos, hacen lo propio. Le apetecía a su hija liberarla en la ficción, como no pudo hacerlo en vida.
El poder de las vaginas
Tras años de investigación, a la artista le ha salido una reinvención del folclore y los rituales con pátina feminista. Un himno a la liberación y el empoderamiento del cuerpo femenino, como cuando en una danza atávica un grupo de mujeres muestran al cielo, a los dioses, sus vaginas para que deje de llover. Hay ritos que por su difícil representación se han servido de la animación, en la que ha participado la española Sonia Alcón. Hablan de pócimas de amor elaboradas con peces previamente introducidos en las vaginas o de los tres agujeros en un puente de madera que debe penetrar el novio para asegurar su virilidad en la noche de bodas. Rituales y recetas destinados a la procreación, a la supervivencia de la especie, que explica de forma didáctica y humorística Elke Luyten, metida en la bata de una científica experta en fertilidad.
Lejos de las provocadoras y extremas performances de Angélica Liddell, el erotismo de la creadora serbia es pura energía y nos conecta con las raíces telúricas de su cultura. Premio Princesa de Asturias de las Artes en el 2021, ella aúna lo carnal, lo sagrado y lo pagano sin caer en excesos. Se suceden impactantes y poéticas imágenes de gran plasticidad, como el bosque de falos de cinco metros en el que veremos a los artistas masculinos simulando copular con la tierra para fertilizarla. También asoma la espiritualidad. Muy emotiva la ceremonia de boda negra en la que casan simbólicamente a un joven soltero fallecido con una joven, como expresión de que la muerte es una continuación de la vida. Gran trabajo el del griego Stylianos Tsatsos, que hace una larga apnea para recrear desnudo el cuerpo inerte del muerto. La música, entre la electrónica y la tradicional, con algunas resonancias a Kusturica, es otro puntal y junto a Spajic se luce el estupendo cantante Aleksandar Timotic.
Orgía de cuerpos y esqueletos
La penúltima y fascinante escena nos lleva a un cementerio donde veremos la unión de Eros y Tánatos en una orgía de cuerpos y esqueletos que se abrazan y se desean. Las artistas se masajean los pechos y bailan con las osamentas que representan a sus difuntos esposos en una acción algo alargada. Maestra del arte de la resistencia –estuvo 734 horas durante tres meses sentada inmóvil en una silla en el MoMA-, Abramovic bien pudiera haber pedido al público tres horas de permanencia en sus butacas, pero permite salir de la sala y el trasiego en algún momento se hizo molesto. Más aún cuando la creadora consigue, como en esta onírica escena, sumergirnos en una atmósfera hipnótica, llena de sensualidad, dolor y belleza, que podría haber sido el broche a su espectáculo. No es así y lo cierra con una festiva danza de los ancestros, con tres artistas sobre zancos ataviados con el vestido balcánico tradicional mientras cae la nieve. Y aparece ella, que está increíble a los 79 años, para su último conjuro: un amoroso baile abrazada al coreógrafo y bailarín Blenard Azizaj. Imperdible.
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