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Nunca se cansa de la muerte
Publicat el: 24 de novembre de 2025
CRÍTiCA: SEPPUKU. EL FUNERAL DE MISHIMA o el placer de morir
Angélica Liddell convoca en una fría madrugada. El público acude casi insomne, observando desde una ventanilla en marcha un Salt dormido, ajeno a la migración anual de las criaturas de la cultura. El teatro recibe otra vez con su industrial desnudez. A las 05.45 abre puertas. Así lo dicta ella. Dentro aguarda una recreación libre de un escenario Noh. A la izquierda, la pasarela entre el mundo de los vivos y los muertos. Al fondo, un rectángulo de pan de oro. El murmullo de un conferenciante es la voz de Yukio Mishima. El tatami blanco elevado rodeado de un jardín de polvo rojo, como la moqueta de la oficina del comandante del destacamento toquiota de Ichigaya. El cuartel general donde el 25 de noviembre de 1970 se quitó Mishima la vida con el ritual del seppuku. La pureza de la estética nipona mancillada por los artefactos de la dramaturgia postdramática y la Venus de Urbino de Tiziano en un último fogonazo iconográfico. Cuando se agoten los objetos -una cuenta atrás aprendida de Rodrigo García- y suene liberador Big in Japan, sabremos, ciegos a la catarsis de la salida del sol, que esta nueva ceremonia fúnebre ha terminado.
Seppuku. El funeral de Mishima o el placer de morir es un espectáculo que se podría leer como una japonaiserie, una fantasía oriental desde la mirada trágica de Occidente -Nietzsche acechando imperturbable- a partir de la entregada admiración que siente Liddell por el autor de El pabellón de oro, tan fascinado como ella por la belleza y la erótica de la muerte. Dos intérpretes, el actor Kazan Tachimoto y el bailarín Ichiro Sugae (que vimos hace poco en el Mercat de les Flors como integrante de la Frankfurt Dresden Dance Company) ponen los cuerpos a esa fantasía europea con sus pausados movimientos del teatro Noh, la lectura casi cantada del fragmento más truculento de Patriotismo de Mishima (una cima del body-horror literario), la violencia coreografiada de una película de yakuzas (Tokio Drifter de Seijun Suzuki) o la febril relación entre sexo y muerte de las películas de Nagisa Oshima o las novelas de Yasunari Kawabata.
Escenas tan bellas como de una dimensión contemplativa que parecen ajenas a la náusea del teatro de Liddell. Todo cambia cuando ella ocupa el centro del escenario desnuda de asco en cuerpo y palabra. Más que el sangrado ritual para mezclar Oriente y Occidente (Tachimoto y Liddell ofreciendo sus brazos a la aguja que no encuentra en Oriente el caudal de la vena esquiva) para escribir un kanji; más que un número de un burdel de entreguerras, con su vagina transformada en boca fumadora; más que la refriega masturbatoria con un brillante hígado vacuno; más que las deserciones y desmayos (1+1 en el estreno del sábado); más que todas las ásperas violencias que ella pone en escena rasgando el pudoroso velo de la ficción, lo que hace de su teatro algo excepcional es el irrefrenable anhelo por lo sublime en el abismo trágico de los grandes románticos.
La Liddell que se erige como la reina de los malditos y disidentes. La emperatriz de la hipérbole, el tremendismo y la locura, la que se presenta ante el público como un Casandra contemporánea. Única en extraer belleza en el horror o la desmesura. Como ese cuerpo de un culturista cogiendo pose con un canto religioso. Una imagen poderosa, entre el ditirambo del canon apolíneo europeo y el recuerdo a la disciplina narcisista del propio cuerpo de Mishima, el escritor que se hizo fotografiar en 1968 como un San Sebastián voluptuosamente saetado. Una montaña yacente de músculos que recorre desesperada la figura andrógina de Sugae.
Excelsa cuando proclama hasta la extenuación el fin de la vida y el abrazo incansable a la muerte. Y sorprende con la clarividencia de la profetisa incomprendida (“se que no me escucháis”, dice y repite), dejando entrever una verdad solitaria que hasta ahora defendía como una letra escarlata. El atisbo de un cansancio que la hace más frágil. Una delicada grieta en la voz apocalíptica que subraya con oro cuando honra a los muertos en las prendas que dejaron atrás por enfermedad, escarnio voluntario o suicidio. Cuando honra a sus muertos en la estela de las cenizas encendidas de sus padres, llora sincera el imposible abrazo y esas lágrimas de la pérdida duelen más que cualquier piel lacerada por una hoja de afeitar. Cuando fotografía con puesta en escena feísta la posibilidad de su suicidio por ahorcamiento en un lejano 2010 o es (quizá) testigo de uno ajeno en plena Gran Vía madrileña. Cuando defiende como el acto más sincero la profecía autocumplida de la muerte, y nada es más real que una cabeza decapitada que en vez de sangre, escupe palabras. El día que se agote esa fuente roja quizá dará el paso hacia la otra eternidad, la que iguala los necios con los artistas absolutos.
Excelsa cuando proclama hasta la extenuación el fin de la vida y el abrazo incansable a la muerte. Y sorprende con la clarividencia de la profetisa incomprendida (“se que no me escucháis”, dice y repite), dejando entrever una verdad solitaria que hasta ahora defendía como una letra escarlata. El atisbo de un cansancio que la hace más frágil. Una delicada grieta en la voz apocalíptica que subraya con oro cuando honra a los muertos en las prendas que dejaron atrás por enfermedad, escarnio voluntario o suicidio. Cuando honra a sus muertos en la estela de las cenizas encendidas de sus padres, llora sincera el imposible abrazo y esas lágrimas de la pérdida duelen más que cualquier piel lacerada por una hoja de afeitar.
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